La sala de juntas de Obsidian Global era un acuario de cristal y tensión. Cuando el reloj marcó las nueve, los inversores ocuparon sus lugares con la solemnidad de quien está a punto de mover millones de dólares. Daniel entró al último, con un aura de mando que parecía absorber la luz de la estancia. No hubo rastro del hombre que la había abrazado bajo las sábanas en la montaña; en su lugar, había una estatua de hielo que le dedicó una mirada tan gélida que Victoria sintió un escalofrío.
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