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Daniel soltó lentamente la mano de Victoria, retirando la suya sin levantar la mirada ni un milímetro. Cuando finalmente habló, su voz salió baja, ronca y sumamente tensa:

—Parece que te estás despidiendo, madre.

Mónica lo observó largamente, con un amor infinito que desafiaba la frialdad de la sala. Y entonces, levantó apenas la mano temblorosa hacia el rostro de su hijo.

—Ven aquí…

Daniel se doblegó ante la orden y se acercó lentamente a la cama, inclinándose hacia ella. Victoria, por pur
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