La mansión Meléndez estaba completamente iluminada aquella noche, recortándose como una fortaleza de piedra contra el cielo encapotado de Valemont. Vehículos negros de alta gama llegaban en un goteo constante al enorme camino principal cubierto de grava, mientras los empleados de la propiedad abrían las portezuelas bajo la tenue y fría lluvia que finalmente había comenzado a caer de forma implacable sobre la ciudad. Familiares, socios comerciales de alto nivel y viejos conocidos de Mónica entra