Un rato después, ambos regresaron finalmente a la suite privada del último piso. El silencio que se instaló entre ellos ya no era incómodo; solo pesado, cansado, firmemente marcado por todo el horror y la adrenalina que habían consumido los últimos días.
Victoria se detuvo cerca de la gran ventana de la suite, observando las luces lejanas y difusas de la ciudad que titilaban en la noche.
—¿No volveremos al departamento? —preguntó en voz baja, añorando un rastro de normalidad.
Daniel Meléndez