El pasillo de la torre corporativa era un corredor de cristal y mármol donde cada eco parecía multiplicado. Daniel avanzaba con paso firme, ignorando el bullicio de las oficinas, hasta que una voz familiar y cargada de ironía rompió su marcha.
—Jefecito.
Daniel ni siquiera se detuvo. Sus hombros se tensaron apenas, reconociendo el tono burlón de quien no le temía a su apellido.
—No me llames así —soltó Daniel, su voz resonando con una autoridad gélida.
Lex se acercó a su ritmo, con esa