El pasillo del edificio de departamentos de Daniel se sentía como una galería de arte abandonada: frío, aséptico y bañado por una luz neutra que desnudaba cada imperfección, cada rastro de cansancio. Victoria llevaba varios minutos allí, una estatua de orgullo y ansiedad, negándose a sentarse, negándose a ceder un solo centímetro de su postura frente a la espera.
El timbre del elevador cortó el silencio. Las puertas se deslizaron con un susurro metálico y Daniel apareció. Se detuvo al verla, u