ISABELLA RODRÍGUEZ
—Guillermina, ayuda a la señora Silva a empacar sus cosas —dijo Gabriel con esa voz metálica y no fui capaz ni siquiera de voltear hacia él.
—¿Empacar? —preguntó la ama de llaves sorprendida, mientras yo podía ver la sonrisa de Valentina por el reflejo del espejo del tocador.
—Sí, esta será la habitación de Valentina y su madre mientras vivan bajo mi techo…
¡Auch! ¡¿Por qué me dolían tanto sus palabras?! Mi corazón se retorcía y solo me quedaba en claro algo: Me había en