GABRIEL SILVA
Me sentí cautivado por su alegría y deslicé mi mano por la mesa hasta que alcancé el descansabrazos de su silla. Isabella era tan ligera que no me costó jalar la silla hacia mí, lo suficientemente cerca para poder posar mis manos en sus muslos, ¡cómo me encantaba verla sonrojada! Posó sus manos sobre las mías, deteniendo mi avance. —¡Gabriel! —exclamó sorprendida, haciendo mi sonrisa más grande.
—Debes de hacerte a la idea de que cada noche a partir de ahora será así…
—¿Cómo caj