GABRIEL SILVA
Desperté olfateando ese delicioso olor a sandía, era como esos dulces que comía de niño, no pude evitar sonreír antes de abrir los ojos y encontrarme con esa maraña de cabello negro sobre mi pecho. En algún punto de la noche, Isabella se acurrucó sobre mí, haciendo a un lado el odio que me tenía.
Jugué con sus cabellos, activando de nuevo ese delicioso aroma mientras que mi otra mano hacía pequeños círculos en su menudo hombro. Me sentía fascinado y eso me hacía sentir culpable.