Capítulo 134 —El Precio de la Paz
El olor a desinfectante y a suero fue saboteado de la forma más gloriosa posible por cortesía de Dante Adler. El joven ingresó a la habitación arrastrando los pies con su habitual desparpajo, cargando una bolsa de papel madera grasienta que emanaba un aroma celestial a papas fritas saladas y hamburguesas con doble queso de una cadena de comida rápida de la autopista.
—Tomen, par de muertos de hambre —dijo Dante, arrojando la bolsa directamente sobre las piernas