Mundo ficciónIniciar sesiónTocaba ir al comedor. Era mediodía, y después de lo que había pasado en la última clase, el hambre era lo que más tenía.
Todavía no lograba descifrar qué era exactamente lo que servían en la cafetería —algo espeso, de color indefinido, que cambiaba de sabor dependiendo de en qué parte del plato lo probaras— pero a esas alturas ya era lo que menos me importaba. No sabía mal, y eso, después de la mañana que había tenido, ya me parecía una victoria suficiente. Yo cocinaba —o al menos lo intentaba— pero todavía recordaba, con una vergüenza que no terminaba de desvanecerse del todo, el pastel quemado que había hecho en una fiesta de Ágata. Tan desastroso había sido el resultado que ella misma decidió, entre risas que no lograban disimular del todo su preocupación real, que jamás volvería a dejarme cocinar nada más para ninguna ocasión importante. Tomé mi charola y me dispuse a buscar dónde sentarme. El comedor bullía con el ruido habitual del mediodía: conversaciones cruzadas, risas, el tintineo de cubiertos contra platos de material que no lograba identificar del todo. Había una mesa vacía al fondo, alejada del bullicio central, y me pareció la mejor opción disponible después de la mañana que había tenido. Apenas había dado el primer bocado cuando escuché una voz baja, casi susurrada, justo a mi lado: —Oye. Oye, Elena. ¿Me ayudas con algo? Volteé y ahí estaba Hans, con su bandeja en la mano, esperando permiso para sentarse. Por el tono de voz y el volumen —tan bajo que apenas se distinguía entre el ruido general del comedor— supuse de inmediato que tenía que ver con el mundo humano. No me equivoqué. Me contó, mientras se acomodaba frente a mí, que tenía varios libros sobre tecnología humana, pero que no entendía bien varias partes de ellos. Preguntó, con una cautela que contrastaba con la confianza que ya empezaba a mostrar conmigo, si podría ayudarlo a explicarle algunas cosas que no lograba comprender. —Claro que sí —respondí, procurando que la voz no me delatara la emoción que sentía por dentro. Porque la sentía, y mucho. Pero mostrarla de más podía asustarlo, y lo último que quería era que decidiera que había sido un error confiar en mí y dejara de mostrarme esos libros. Guardé la emoción como pude, con la misma disciplina forzada con la que había guardado tantas otras cosas desde que llegué a la Academia, y me limité a asentir con toda la calma que logré reunir. —No sé mucho de mecánica —admití—, pero de historia y costumbres humanas puedo saber bastante más. Depende de qué parte no te quede clara. Se le iluminó la cara de una forma que no había visto en él hasta entonces, como si llevara mucho tiempo esperando encontrar a alguien con quien poder hablar de esto sin medir cada palabra. --- Terminamos de comer entre pláticas sobre lo sorprendente que resultaba el mundo humano y, sobre todo, sobre lo extraño que era pensar que ellos mismos habían decidido alejarse de nosotros por completo. Hans tenía preguntas interminables, y yo, para mi propia sorpresa, tenía casi tantas respuestas como preguntas tenía él. La siguiente clase era en el aula de condición física, y resultó que Hans también la tenía. Decidimos ir juntos, todavía hablando de libros y de todo lo que él quería entender del mundo humano, con una avidez que empezaba a recordarme, incómodamente, a mi propia curiosidad de años atrás frente a los libros de Ágata. Al salir del comedor, alguien ya me esperaba fuera: Li, que aparentemente se había percatado de que yo andaba cerca —su olfato, supuse, tenía algo que ver con eso, aunque nunca me atreví a preguntárselo directamente— y que también iba hacia la misma clase. Se unió a nosotros sin necesidad de invitación, contándonos algo sobre un ejercicio de esa mañana con tanto entusiasmo que apenas nos dejó espacio para responder entre frase y frase. Los tres emprendimos el camino juntos, pasando cerca de la banca donde, según la versión oficial de Clauco, yo le había salvado la vida el primer día. Seguía absolutamente segura de que aquello no había sido más que un accidente, aunque para entonces ya había aprendido que discutírselo directamente no servía de mucho. Y justo estaba pensando en eso cuando vi una pequeña multitud arremolinada alrededor de alguien, un poco más adelante, con voces alarmadas que se elevaban por encima del ruido normal del pasillo. Corrí a ver qué pasaba, con el corazón acelerándose ante la posibilidad de otro desastre que, esta vez, esperaba con toda mi alma que no fuera culpa mía. Era Clauco, tendido contra la pared, con el rostro pálido y la respiración agitada de quien lleva demasiado tiempo sin lo que necesita. Supuse de inmediato lo que necesitaba: agua, y rápido. Li y Hans llegaron justo detrás de mí, y para mi buena suerte —o más bien la de Clauco— ambos llevaban botellas consigo. Abrí una sin perder tiempo y se la di a beber. Se recuperó casi al instante, se puso de pie de un salto y exclamó, con una teatralidad que atrajo aún más miradas de las que ya tenía encima: —¡Mi salvadora, Elena! Si no fuera por ti, no estaría vivo. Me dio vergüenza. Tanta que, sin pensarlo demasiado, terminé echándole encima la segunda botella de agua que Hans me había pasado. Para mi desgracia, eso lo animó todavía más. —Sabía que eras especial —dijo, empapado de nuevo, con una sonrisa enorme—. No solo entendiste que necesitaba beber agua. También entendiste que necesitaba que me la echaran encima. No tenía nada que responder a eso. Me retiré de ahí lo más rápido que pude, dejándolo hablando solo frente a la multitud que ya empezaba a dispersarse entre risas. —Adelante, salvadora Elena —dijo Hans, siguiéndome con una sonrisa que no se molestó en disimular. Li, por su parte, se limitó a mirar hacia atrás, todavía confundido. —¿Qué le pasa a ese tipo? —preguntó, señalando vagamente hacia donde Clauco seguía celebrando su rescate ante quien quisiera escucharlo. No supe qué responder a eso tampoco.






