Lo he evitado.
La cabeza de Leah parece en su lugar, lo que me cuesta asimilar es el dolor que estoy sintiendo en mi brazo. Ambas nos quedamos viendo en el silencio que precede al disparo. Ella más desorbitada que nunca, y yo tratando de no expresar mi agonía.
En el forcejeo la bala me había dado a mí. No la estoy viendo. La estoy sintiendo.
—¡SEÑORA LEAH! — grita a mis espaldas uno de los trabajadores de la casa.
Se unen más voces que van llegando a la habitación. Me levanto de encima de ella,