Sara Huntington se apartó un mechón de pelo de la frente y sus dedos dejaron un rastro en el delicado rocío de la mañana que se adhería a los suaves pétalos de sus preciadas rosas. El jardín era su santuario, un lugar donde las enredadas redes de la alta sociedad no podían alcanzarla. Podaba y tarareaba, deleitándose con la simple alegría de cuidar algo hermoso.
—Veo que eres una gran experta en jardinería. —dijo una voz, sacándola de su ensoñación. Sara se giró y encontró a Angelo Miller de pi