La mandíbula de Alejandro se apretó mientras palpaba frenéticamente su traje de diseñador, con el ceño fruncido por la frustración. La elegante silueta de su teléfono inteligente no se encontraba por ningún lado y su ritmo cardíaco aumentó un poco. La sensación de pérdida se retorció en sus entrañas y el medio lo inundó.
—Mi teléfono no está. —reclamó a Cleo. Sara escuchaba desde la puerta. Ella tenía escondido el teléfono y no quería imaginar si…
—¿Dónde está? —él seguía reclamando. Hasta qu