El elegante automóvil negro se deslizó por las calles iluminadas por la luna, el pulso de la ciudad se atenuó hasta convertirse en un suave latido a medida que avanzaban hacia la zona residencial. Angelo miró de soslayo a Sara, su silueta serena no revelaba nada de la tempestad que sentía gestarse bajo su exterior frío. Sabía que no debía romper el silencio; su mandíbula apretada era suficiente advertencia.
—Gira aquí a la derecha. —dirigió con frialdad, con la voz cortando la tensión como una