El paisaje urbano se desplegó ante Ava cuando bajó del tren, un tapiz de vagones que tocaban bocinas y edificios imponentes que le resultaban desconocidos y parecidos a un par de vaqueros gastados. Su mano se posó instintivamente sobre su vientre redondeado, sintiendo la suave patada como si dijera: —Estamos en casa. —habló.
—¡Zoé! —La voz atravesó el zumbido urbano como un cuchillo caliente cortando mantequilla. Allí estaba Lily, con los brazos lo suficientemente abiertos como para abrazar el