Samara estaba colocando los platos junto a Ana, mientras el abuelo se acomodaba sonriente en la esquina de la gran mesa.
Ella volvió la mirada al reloj antiguo que había en la esquina del lugar, y se sintió realmente angustiada porque André no hubiese llegado hasta ahora. Había llamado a Connor para comprobar si era posible que llegara a la cena, y este le había mencionado que salió antes de las seis del edificio Roussel, pero el reloj ya estaba por marcar las ocho.
—La señorita Samara hizo es