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Prisionera de su poderoso cuerpo, Adaira no tardó en darse cuenta lo insaciable que era aquel hombre.

—Ahora se me ha mojado el pelo –protesto.

—Sobrevivirás –le dijo el, metiéndole la lengua en la boca y moviéndola al mismo ritmo con el que le hacia el amor.

Adaira noto la erección en su vientre y se maravilló con la rapidez de su recuperación.

Y ella que jamás se había acostado ni salido con el pelo mojado, se olvidó de aquello. Dean la saco de la ducha y la sentó en la encimadera de mármol. Tardo un instante en sacar un preservativo de un cajón, abrirlo y ponérselo. Luego volvió a colocarse entre sus piernas y la penetro con un profundo suspiro de alivio.  

—Pensé que solo sería una vez –le recordó Adaira, apretando los dientes al notar el primer espasmo de placer.

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