David y Lisbeth no tenían nada grave. El pequeño un buen susto que se le pasó enseguida gracias a los mimos y abrazos de su padre y Lisbeth un buen golpe por la caída, le saldría un bonito moratón en sus nalgas, pero nada más, a parte del amor propio herido y la regañina que le tocaría aguantar por parte de su hermano.
-¿A qué estamos esperando? Quiero irme a casa – protestó Lisbeth – llevamos tres horas y me duele todo.
-De verdad que tu nunca aprendes hermana. Si estamos aquí es por tu estupi