Los movimientos cesaron, el cuerpo duro que la aprisionaba se apartó dejándola otra vez con esa fea sensación de frío. Quedó pegada a la pared, aún en el aire, sujeta con dureza por las mismas manos fuertes que momentos antes recorrían su piel con ansia. Esos ojos ambarinos ahora la miraban con furia, al tiempo una voz masculina repetía una y otra vez que era un estúpido. Nadie la había mirado así en la vida. Se asustó y ya no pudo parar, rompió a llorar cubriendo su cara con las manos.
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