—¿Cómo lo… hace, señor Meléndez?
Raúl saca el pavo del horno. Ella inhala la exquisitez. Eso le desvía los pensamientos de la conversación incomoda en la sala y la hace sonreír.
El hombre le sonríe.
—¿Un pavo delicioso o…?
Beatrice ríe, sacude la cabeza, y su ánimo cae un poco.
—Mentir… con tanta facilidad.
Las palabras lo descolocan, tanto por culpa como por miedo. Sin verlo venir, se quema el dedo con la bandeja, lo que lo obliga a soltarla de forma brusca en el mesón. Beatrice jadea, preocupada, se acerca a él y toma su mano para examinarlo.
—No es grave… —dice un tanto aliviada.
El pelinegro se enfoca en su rostro, el toque de su piel le hace olvidar el ardor en el dedo; pero el remordimiento lo consume. Aparta la mano sin ser brusco, ignorando la quemada.
—Solo quiero ayudarla, Beatrice.
—Siento que hace demasiado por mí… Y yo no… Yo no hago nada por usted.
El hombre comienza a cortar el pavo, tenso. Porque se le ocurren varias cosas que ella pudiera hacer, como que considere pas