Jordano Mackenzie.
—¡Conduce más rápido, maldita sea! —golpeo la guantera con frustración, exigiendo a Ethan que acelere. Sus manos tiemblan ligeramente sobre el volante, pero finalmente pisa el acelerador.
—¡Voy tan rápido como puedo, Jordano! —responde entre dientes, con un tono lleno de impotencia—. El tráfico en esta ciudad es una pesadilla. ¡Maldita sea!
El bocinazo estridente de otro coche enfatiza su punto mientras nuestro vehículo se queda atrapado en una fila interminable. Quiero grita