El amanecer llegó sin pedir permiso.
La luz suave de la mañana se filtró a través de las cortinas, dibujando sombras delicadas sobre las paredes del departamento. Todo estaba en calma… demasiado en calma.
Pero dentro de Renata, no había paz.
No había descanso.
No había silencio.
Sus ojos se abrieron lentamente.
Había dormido.
Sí.
Pero no había descansado.
El recuerdo del sueño seguía allí.
Vivo.
Latente.
Persistente.
El eco de aquel beso aún parecía arder en sus labios.
El calor…