LAIKA
Cuando volví a abrir los ojos, no veía nada por el ojo derecho. Estaba hinchado, lleno de sangre y me palpitaba. Seguía atada y tenía un trozo de tela alrededor de la boca. Las cuerdas me estaban royendo los huesos y le pedí a la Diosa de la Luna que mi cría estuviera bien.
Hasta ahora, no había sangre en mi parte privada. La única sangre que había sobre mí era la de la tortura que Erika y su madre habían descargado sobre mí. Ahora estaba perdiendo la esperanza. No sé cuánto tiempo llevo