CAPÍTULO 114
Vittorio Rossi
El dolor en mi mandíbula era un recordatorio constante de mi propia humillación, un pulso ardiente que me subía por la sien cada vez que intentaba tragar el sabor amargo de mi propia sangre. Me miré en el espejo del baño, tocando con las yemas de los dedos el labio partido y el hematoma oscuro que me cubría el lado izquierdo del rostro. Sterling me había dejado su marca. Una vez más, ese bastardo arrogante había entrado en mi territorio, había destrozado mis portones