Isabel, sorprendida por la severidad en la voz de Margarita, se quedó callada por un momento, pero luego sus ojos se estrecharon con sospecha.
—¿Por qué? —exigió—. ¿Qué es lo que saben ustedes y me están ocultando?
Alejandro cruzó los brazos, sintiendo la presión en su pecho mientras miraba a Margarita, quien permanecía firme.
—Ya es suficiente, Isabel —replicó Margarita—. Hay cosas que no comprendes y que no te conciernen. Por tu bien, te sugiero que dejes de hurgar en asuntos que te superan.