Teo llegó a la casa de sus padres pasadas las ocho de la noche. Había madrugado para salir del aeropuerto de Toronto a las cinco de la mañana y, después, había pasado casi nueve horas en el aire. El cansancio le pesaba en cada músculo, consecuencia de permanecer tanto tiempo atrapado en un asiento, pero el entusiasmo por ver a su esposa era más fuerte que cualquier agotamiento.
—Gracias —le dijo a Diego, el conductor de la familia, al bajar del coche. Su padre lo había enviado al aeropuerto par