Pasaban de las diez de la noche y Ethan estaba en su despacho, revisando documentos sin realmente leerlos, cuando la puerta se abrió con brusquedad. Uno de sus guardias entró con el rostro desencajado, respirando con dificultad.
Ethan levantó la cabeza de inmediato, el ceño fruncido.
—¿Qué sucede?
—Señor… la señora… —trató de explicarse el hombre—. Ella está gritando de dolor y hay sangre.
Ethan se puso de pie de un salto. No hizo más preguntas. Pasó junto al guardia casi corriendo y atravesó