Teo clavó la mirada en Hannah, el ceño fruncido. La tomó del rostro con ambas manos y sostuvo su mirada.
—¿Estás segura de que estarás bien sola? —preguntó—. Podría acompañarte.
Si encontraba en sus ojos la más mínima inseguridad, no la dejaría marcha sola y nada de lo que pudiera decirle lo haría cambiar de opinión.
—No he cambiado de opinión desde la última vez que preguntaste hace menos de una hora —dijo, con un ligero tono de broma—. Estaré bien. —Ella sonrió—. Y además tú tienes tus propi