Teo rozó con la yema de los dedos las diminutas naricitas de sus hijos…
Sus hijos.
Aún le parecía irreal pronunciar esas palabras. Había algo casi sagrado en ellas, algo que le atravesaba el pecho cada vez que lo pensaba.
Sonrió, completamente embelesado, incapaz de quitarse de encima la sensación de maravilla. Esos dos seres perfectos eran suyos. Suyos y de Hannah. No podía terminar de creer que él había tenido parte en la creación de algo tan hermoso.
Ya habían pasado siete días desde que