Rupert dejó los cubiertos a un lado y dijo de repente, rompiendo el tenso silencio: —Este cordero está buenísimo. Damian, sírvele un poco a Adeline para que lo pruebe.
Adeline levantó la vista rápidamente, sintiendo la incomodidad trepar por su nuca. —No es necesario, abuelo, puedo hacerlo yo misma.
Pero Rupert insistió con esa firmeza amable que lo caracterizaba: —Que te sirva. Como esposo, debe saber ser considerado y cuidar de su mujer en los detalles más pequeños. Antes, cuando tu abuela c