Un coche lujoso y un Caleb defensor.
—¡Nos vas a matar! —grita Caleb cuando acelero el auto, ruge como diablo, y el ronroneo es tan exquisito que cuando bajo la velocidad lo siento como un delito.
—¡Relájate! —le grito, Caleb esta agarrado de la manilla y me mira horrorizado, suelto una carcajada al ver su expresión y coloco una mano en su pierna—. Tranquila nena, nada va a pasar.
—¡Las manos en el volante!.
Yo río y muevo la cabeza.
—No soy primeriza, Caleb, sé manejar —le digo, él asiente y se suelta de la manilla suspirando.
—B