Capítulo Sesenta y cinco

Cuando terminó de hablar, Amelia jadeaba, le ardía la cara y le pesaba el pecho.

Miró a los presentes, todos en silencio mientras asimilaban sus palabras sobre su dolor por el hijo que nunca volvería a sentir.

El profesor Brown la observaba atentamente, sus analíticos ojos azules fijos en los movimientos corporales de Amelia, en cómo su cuerpo temblaba ante las mismas palabras pronunciadas con tanta fiereza y llenas de rencor.

Cuando salió de la espiral, los demás alumnos que la rodeaban la o
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