La mirada de Amelia se cruzó con la de Alexander en el altar.
Ella sostenía un hermoso ramo de magnolias blancas que dejaban flotar su perfume por el salón de la residencia Alderidge de Nueva York.
Era enero y hacía poco que había dejado de nevar. El frío y los jardines cubiertos por el manto helado daban a la boda un ambiente más acogedor.
Todos estaban reunidos en el gran salón, con la chimenea encendida y algunas sillas decoradas para los pocos invitados.
Alexander le guiñó un ojo a Amelia,