Capítulo 29. La encarnación del pecado
El hombre la miraba de un modo extraño cuando se puso de pie con lentitud, como si fuera un felino al acecho. La analizaba de un modo que la obligó a tragar saliva con fuerza, sintiendo que su boca se secaba por completo y su cáliz se humedecía sin remedio, derramándose en deseo.
¿Cómo podía sólo una mirada ser tan erotizante? ¿Cómo podía todo en él ser tan abrumadoramente perfecto?
La penumbra dibujaba sus rasgos masculinos confiriéndole ese aspecto de escultura griega.
Cuando Santiago se sent