Era una noche tan tranquila y silenciosa, solo se veía la tenue luz de la luna.
De repente, sin previo aviso, comenzó a nevar a cántaros. Los copos de nieve blancos caían y se derretían suavemente en el suelo.
José estaba sentado muy tranquilo en el auto, abrazando a Nadia, quien dormía profundamente. Después de unos días sin verla, ella había subido en realidad un poco de peso.
Todas las mujeres a su alrededor tenían una figura esbelta y muy elegante, pero ella al contrario... era como una rego