El que habló resultó ser el hijo de Melisa y se llamaba Fabio Rojas. Al escuchar la propuesta de su amigo, gritó a todo pulmón:
—¡Oye, ¡tú! Te llamas Luna, ¿verdad? Ven aquí. Necesito pedir comida.
Luna continuaba lavando los platos y fingió no haber oído nada. Miró a otra chava de su misma edad, Laia, quien también trabajaba a tiempo parcial en el restaurante. Sin embargo, solo percibió su leve sonrisa maliciosa. Esta se dio media vuelta y se marchó muy rápido. —¡Maldita! ¡Te estoy llamando par