—Tómense su tiempo. Todavía tengo algo que hacer y tengo que irme.
Luna se había acostumbrado a la vida solitaria y no confiaba en esos supuestos amigos. Al terminar sus palabras, salió del restaurante. Esta vez, ellos no la detuvieron.
Ignacio también salió con un plato y le preguntó:
—Hija, ¿has terminado de comer? ¿Te molestaron?
—No —respondió Luna.
—Aunque es cierto que pueden ser un poco molestos, estos chavós, no son malas personas. Ellos solo quieren hacerte su amiga.
—Lo entiendo, seño