En un estudio muy bien decorado con un impecable estilo europeo e iluminado por una luz tenue, se encontraba una imponente estatua de cobre de Jesucristo sobre un oscuro escritorio. La estatua tenía un crucifijo colgado del pecho.
El ayudante estaba al otro lado, sosteniendo una fotografía.
—Señor alcaide, será difícil localizar a esta persona. Allá no hay cobertura. Y ese hombre parece saber que le estamos buscando, pues desaparecieron sin dejar rastro alguno todas las pistas que encontramos.
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