Nadia entrecerró los ojos y se los tapó con una mano para bloquear un poco la deslumbrante luz. El vehículo se acercó lentamente hasta pararse a su lado y la ventanilla del asiento del conductor comenzó a bajarse poco a poco. Nadia dejó de respirar de repente. Su delicado rostro al aire mostraba una mirada de terror absoluto en unos ojos, que no se atrevían a mirar al aterrador hombre sentado detrás del asiento del copiloto.
—Señorita Vázquez, el alcaide la invita en este momento a subir para ha