José sentó a la mujer en su regazo y metió sus manos ásperas y feas debajo de su falda. Ana se sonrojó un poco y le agarró la mano con gran timidez.
—Señor Rojas, pare, que hay gente delante.
El olor de esa mujer era muy diferente al de la anterior, era el olor de un perfume caro que no podía considerarse nada desagradable. En realidad, a José no le duraban las mujeres más de una semana. Pensaba que, si pasaba demasiado tiempo, perdían realmente la frescura.
Entre ellos se levantó un separador.