José lo había visto absolutamente todo desde la puerta. Esa muchacha tenía realmente agallas.
Nadia sintió un fuerte pánico al verle, como si estuviese viendo al hermano mayor de Luna. Ambos daban la ligera impresión de ser malas personas, pero cuando quiso bajarse del coche ya era muy tarde: los guardaespaldas de Ana ya la habían alcanzado y habían rodeado en ese momento el auto. No se atrevía a salir.
Con el cuello muy tenso, Nadia dijo sin atreverse a mirarlo:
—Lo... lo siento..., señor. Tu a