—El coche ya está listo, joven. ¿De verdad fuiste a la casucha de los Sánchez?
—¿Por qué me lo preguntas? ¿Acaso no puedo ir? —Gabriel, sentado en una silla de ruedas, exudó un aire noble. Llevaba una camisa con chaqueta la cual permitía apreciar su tatuaje azul en el dorso de su mano debajo de las mangas. Irradiando un aura melancólica, con toque frío y distante.
—Pero, y la señora...
Gabriel levantó la mirada con sus ojos oscuros y fríos:
—¡No fue asunto de ella decirme qué hacer!
—Lo siento,