Si ni siquiera tenía derecho de leer los libros que quisiera, ¿entonces, qué más podía hacer? ¡Ya habían decidido todo su futuro!
Un sentimiento indigno se acumulaba en el pecho de Luna, pero no sabía cómo deshacerse de él. Simplemente apretó el puño con gran fuerza, a con la cabeza agachada, sin decir una palabra.
Isabel percibió la incómoda atmósfera que Andrés emanaba. Así que trató de aliviar la tensión y dijo sonriendo:
—Andrés, compramos boletos para el cine, ¿vamos? Ya es hora, tenemos qu