Leonidas no estaba seguro de cuándo y dónde apresaría a Miguel para decirle todo lo que su cuerpo quería gritar, y desde luego, tampoco se imaginó que sería aquel mismo día, pero ahora que notaba lo tremendamente oportuno que resultaba ser el momento, no quiso siquiera pensar un poco las cosas. Cuando estuvo afuera, cogiendo el brazo del chico y mirándolo fijamente a sus ojos marrones, tragó saliva. El pronto golpe de calor atacándolo cruelmente, y sus emociones descontroladas gritando millones