—¿Qué esperas? ¡Lárgate! —Rebeca gritó con impaciencia y un gesto de fastidio.
Como si despertara de un sueño, el rostro de Marisol se oscureció, extendiendo su dedo hacia Pedro, mordiéndose los dientes de rabia:
—¡Ustedes... ustedes, perros infieles! ¡Los maldigo a morir sin un lugar donde ser enterrados!
—¡Fuera de aquí!
Rebeca no quería perder el tiempo en palabras, directamente ordenó a los discípulos del Palacio de Jade que arrastraran a Marisol fuera.
Si dejaban que siguiera insultando, po