—Salvarla no es difícil, pero siendo extraños, ¿por qué debería hacerlo? —dijo Pedro con indiferencia.
—Joven, si estás dispuesto a curar a nuestro líder, olvidaremos todos los agravios pasados —Rebeca empezó a persuadirlo sutilmente—. Y además, si lo deseas, puedo asegurarme de que elijas a cualquiera de las discípulas del Palacio de Jade para que sea tu esposa.
—No me interesan las personas del Palacio de Jade. Puedo salvarla, pero tendrán que aceptar tres condiciones —dijo Pedro con frialdad.