Un grupo de mujeres enmascaradas desenfundaron sus espadas y las colocaron en el cuello de Leticia. La afilada hoja cortó su piel, y gotas de sangre fresca empezaron a fluir. En esa postura, si Pedro se atrevía a hacer el más mínimo movimiento, Leticia perdería la vida en el acto.
Pedro frunció el ceño y finalmente soltó su mano. Había demasiados enemigos, no podía arriesgar la vida de Leticia.
—Así es como debe ser.
Carolina giró su cuello, con aire triunfante:
—Pedro, que mi maestro te haya el