—No importa, puedo vivir en una casa más pequeña. Ustedes, los jóvenes, tienen mucha presión. Nosotros, los mayores, debemos ayudarles a aliviar esa carga.
—Yo no tengo ninguna carga, la vida me trata muy bien.
Ambos seguían intercambiando palabras por teléfono, arrastrando la conversación sin decir la verdad.
Yolanda pensaba que Pedro era un tonto, y afortunadamente, él también se hacía el loco.
Pero Leticia, en el asiento del copiloto, ya no podía seguir escuchando.
Ella creía completamente en