Ante las miradas inquisidoras de los miembros de la familia Solís, Elías ya no pudo resistir la presión. Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas al suelo.
—¡Todo es un malentendido! —exclamó Elías, temblando y sudando frío—. Solo estaba bromeando, por favor, no lo tomen a pecho.
—Entonces, ¿ya no quieres pelear? —preguntó Cristian con una sonrisa aún en su rostro.
—¡No me atrevo! —Elías agitó sus manos en señal de rendición—. Fui imprudente con mis palabras, solo estaba alardeando. Todos usted